Juventud

Ser una emigrante

En el año 2012 tomo la decisión de salir de Venezuela, llevaba trabajando para un organismo estatal casi nueve años, trabajaba como ingeniero en una oficina de proyectos, parecía un buen trabajo, oficinas modernas ubicadas en una buena zona de Caracas, cada día hacía 12 kilómetros de distancia entre mi casa y el trabajo, tenía puesto de estacionamiento y además un contrato a tiempo indeterminado, un contrato así en Italia es un verdadero lujo.

Unos meses antes había culminado una especialización en gerencia de proyectos en una prestigiosa universidad, mi día a día estaba lleno de documentos legales y técnicos, reuniones de trabajo, propuestas de emprendimiento, estudios de pre y factibilidad, hojas de rutas, contacto permanente con colegas y profesionales de diferentes gremios.

Para ese entonces, los salarios de los organismos estatales eran insuficientes para hacer frente al costo de vida, aunque habían organismos que pagaban a su plantilla de profesionales aún menos de lo que yo ganaba, pero también habían otros que pagaban más, yo me encontraba en un término medio, asimismo tenía beneficios contractuales como un seguro médico de alto nivel, todos los gastos cubiertos en viajes laborales y bonos mensuales de alimentación que eran como si no existieran porque se los entregaba íntegro a mis padres, esto afectaba mi estilo de vida, preparar el almuerzo en casa y consumirlo en la oficina, aún así la mayoría de las veces mis almuerzos estaban agendados, almorzaba en la oficina o de vez en cuando en un restaurante, casi nunca faltaba la cita en una cafetería para tomar el café y postre con los colegas.

A veces desdeñaba la relación que tenía con mis colegas, me parecía que era un poco superficial, nuestras conversaciones giraban entre especulaciones y chismes de oficina, el infructuoso trabajo que hacíamos, los azotes que recibíamos del sistema, la falta de motivación y todo eso me había llegado a cansar. Comencé a pensar, no tengo nada que hacer en este lugar, no soy necesitada.

La decisión

Decido probar ir a Italia por tres meses y hacer un curso de italiano, no era una mudanza definitiva, era solo una prueba, comienzo hacer todas las gestiones para ese fin, me doy cuenta que llevar mi moneda a euros y pagar el curso y mi estancia ahí estaba casi todo mi patrimonio y encima estaba arriesgándome a perder mi empleo. Solicito un permiso especial para estudiar en el extranjero y me fue negado.

Decido seguir adelante con mi idea y a continuación mi corazón se prepara a dejar atrás un trabajo que me había costado lágrimas conseguir y mantener. En el pasado había intentado conseguir uno mejor, a veces nos confundimos con las palabras y llamamos “mejor” algo que simplemente podemos llamar por su nombre, uno con un salario más alto, a eso lo llamamos un mejor trabajo, el cual no quiere decir que será mejor porque vas a crecer en conocimiento, en buenas experiencias, como persona, tan simple porque vas a ganar más, aún si llega a ser un tormento, pero cuando comparaba mi trabajo con otras propuestas laborales, no las aceptaba me seguía gustando más el mío.

Mi despedida fue silenciosa, no le dije a nadie lo que iba hacer, limpié mi escritorio, tiré cosas a la basura y otras que me pertenecían las llevé a casa. Días antes había vendido mi automóvil, tenía apenas un año con él, me gustaba mucho, era grande, espacioso, impecable, pero necesitaba el dinero para pagar esta decisión que estaba tomando. Ese viernes no dije adiós, mi billete aéreo era para el día siguiente.

No se me rompió el corazón, salí con un corazón decepcionado, un corazón que vocea “quiero dar más” a un sistema que le dice, no.

La prueba

Este era mi tercer viaje a Italia, recuerdo que en mi primer viaje estaba en la Fontana de Trevi en Roma, entre los turistas y vendedores ambulantes pude ocupar un asiento de los que estaban entorno, allí comencé hablar con Dios en mis pensamientos, era como pasar un tiempo con Él pero frente a un lugar tan concurrido, bullicioso y simbólico para una persona como yo que no estaba acostumbrada a pasear tan lejos de casa. Era increíble estar ahí, con experiencias de vida llenas de dificultades económicas, pero ahí estaba yo con mi tarjeta de crédito pagando mi viaje y con la convicción de que volver a vivir eso en un futuro no sería para mí.

De nuevo en Italia, tres meses en los que un curso de italiano me hizo conocer personas de Japón, Holanda, Alemania, Francia, Inglaterra, Estados Unidos y al mismo tiempo vivir la cultura italiana.

En ese tiempo, tenía serios problemas para enfocar mi mente, primero porque todo era nuevo para mí, no eran los ojos de una turista sino los ojos de la que vive y vive superficialmente y no está prestando atención.

Un inicio interesante, una mitad incómoda y un final decepcionante con una propuesta de matrimonio.

Partida definitiva

Regreso a Venezuela con un anillo de compromiso, una propuesta de matrimonio y un escenario del futuro que prometía sufrimiento.

De regreso en Italia con un vestido de matrimonio y el día a día que me esperaba. En los preparativos del matrimonio me dí cuenta que me esperaba un periodo difícil, si me casaba y me quedaba en Italia o si no me casaba y regresaba a Venezuela, definitivamente yo iba a sufrir.

Dos días antes de mi matrimonio intenté echarme para atrás, hablé con mi prometido pero ya era muy tarde, las cartas estaban echadas, invitaciones, lugar del evento, decoración, absolutamente todo estaba listo, no había vuelta atrás.

Desde entonces he llorado mi matrimonio con lágrimas de dolor y lágrimas de gratitud.

El día a día de una emigrante

Vengo a un país y no conozco a nadie, mi curso de italiano había terminado y cada uno había regresado a su país, excepto una amiga alemana la cual se había casado con un italiano y nos mantuvimos en contacto por un tiempo pero vivíamos un poco distantes y eso fue enfriando la amistad.

Como era natural, no tenía trabajo, así que nadie esperaba por mí, no tenía rutina ni horarios para hacer las cosas, tenía que construirlo. Mis días estaban vacíos, vacíos de compromiso, de trabajo, de reuniones, de conversaciones laborales, de afectos, de riqueza comunicativa. El sufrimiento estaba comenzando a conseguir su propósito en mí. Estaba clara que los amigos de mi esposo no eran mis amigos y que su familia no era mi familia y que su vida no era mi vida, pero así acepté vivir una nueva vida.

Las estaciones también comenzaron hacer su trabajo en mí, no sabía abrigarme en invierno, no sabía enfrentar una crisis alérgica en primavera, un calor de 40º con una humedad de 92% en verano y la caída del cabello en otoño.

Los días pasaron y aprender a cocinar italiano,  conocer los ingredientes y los supermercados se hicieron parte del día a día. También aprender a vestirme e incluso los colores de acuerdo a cada estación y cada mañana antes de salir de casa informarme sobre las previsiones del tiempo.

La cultura italiana del bar a tomar un aperitivo raramente es para un extranjero, he hecho uso de ella en pocas ocasiones, la ausencia de amistad o camaradería impide llevarla a un hábito.

Insertarme socialmente ha dependido de algunas cosas, hablar bien la lengua, conocer la etiqueta social y tener un trabajo ha hecho la diferencia, crecen los conocidos pero siguen ausentes los amigos.

Me ha tomado años aprender, paralelo al tiempo que me ha tomado encontrar un trabajo y crecer en él, más crecía en el trabajo con más personas me relacionaba y más crecían mis conocimientos sobre los italianos. Ha sido un descubrimiento que no se limitó a mi esposo y su familia, salir de ese pequeño círculo para entender realmente dónde y con quienes estaba.

He pasado muchos días sola en casa sin ningún tipo de interacción, cosa imposible en mi antigua vida, pero muy bienvenida en la nueva. Cuando mis días se colman de interacciones, la soledad es necesitada, porque mi agenda se llena de cosas que solo puedo hacer sola.

Conocidos, unos cuantos. Amigos, ninguno.

iHasta la próxima!

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