Juventud

Cuidado con lo que deseas porque se puede hacer realidad

Cuando era niña, algo que deseaba con mucha intensidad era tener un carro, lo deseaba porque yo quería pasear a lugares lejanos. Deseaba también que el barrio donde yo vivía pudiese tener escaleras mecánicas para que las amigas que me visitaran no tuvieran que subir tantas escaleras hasta llegar a mi casa, me dí cuenta que mi idea no eran tan descabellada cuando descubrí las escaleras mecánicas que dan acceso al parque Güell de Barcelona, pero nací y crecí en un barrio pobre de Caracas, a estos lugares se les ha dado el nombre de cordón de la miseria, ahí no es posible este tipo de acceso, subes y bajas a pie.

En España, la palabra “barrio” no tiene una connotación negativa, simplemente significa lugares donde viven los ciudadanos, hay barrios pobres y barrios ricos, en Venezuela los pobres viven en los “barrios” y los ricos en “urbanizaciones”. En los barrios existen tipologías de casas, ladrillos, cartón piedra, zinc, etc. En mi primera infancia me tocó vivir en una casa de cartón piedra sin baño, posteriormente pasamos a una mejor casa escaleras más arriba, paredes de ladrillo, suelo de cemento y techo de zinc, lo malo del zinc era la lluvia, porque las lluvias copiosas cayendo sobre el zinc crean un ruido estruendoso y das por hecho que la casa va a caer. Lluvias copiosas por años que le hicieron huecos al zinc pero no la hicieron caer.

Los domingos eran los días en los que se avivaba mi deseo de tener un carro, por años se mantuvo la costumbre de comprar el periódico en casa y por años, cada domingo leía en la sección de clasificados los vehículos en venta. No había dinero para comprar un carro, mi deseo de tener uno nunca murió, hasta que llegué a los 24 años y algo pasó.

Un deseo hecho realidad

Había conseguido mi primer trabajo como ingeniero en un organismo estatal, el salario no era bueno, no lo suficiente para comprarse un vehículo, pero tenía un salario, pensaba que ya no era tan pobre como antes, podía hacer algo.

Una tarde, una vez más y en una nueva casa donde nos habíamos mudado diez años antes, vuelvo a los clasificados de vehículos en venta, no podía comprarme ni siquiera uno usado,   pero leo un anuncio en el que podía tener uno accediendo a un sistema de compra programada con o sin inicial y esto fue la ventana donde pude ver un rayito de luz.

Este sistema funcionaba por sorteo, las personas suscritas se les asignaba un número, con el cual se participaba en un sorteo una vez al mes, al número adjudicado se le daba el derecho de financiación del vehículo de su preferencia. Con mucha determinación y con todo el dinero que tenía me dirijo a las oficinas de esta empresa, firmo un contrato y pago los gastos administrativos y mi primer giro.

Sabía que podían pasar meses e incluso años para salir adjudicada en el sorteo, pero no me desanimé, ahora estaba más cerca que antes de hacer realidad mi deseo.

Un día hablo con el Señor y en estas palabras le digo:“dámelo porque tú vas a ver que lo voy a cuidar y lo voy a poder pagar”.

Pasa un mes, de pronto recibo una llamada de Confinauto: “ha sido adjudicada en el sorteo, presente su vehículo para la adquisición”.

Obtuve un financiamiento por 48 meses, el vehículo adquirido era un Daewoo Matiz, no era el que más me gustaba pero era el que me podía permitir.

La realidad de mi deseo

La primera realidad era que vivía en un apartamento que no tenía asignado un puesto de estacionamiento. La segunda realidad era que no sabía conducir, no sabía nada de autos y por último no sabía lo que me depararía el futuro en los próximos 48 meses.

Se hizo realidad mi deseo, pero con ello emergieron desafíos,  ir a la autoescuela no fue suficiente para aprender a conducir, tener un papá o un hermano mayor no fue de ayuda, ellos tampoco sabían conducir, a los dos años no me renovaron el contrato en mi trabajo y los próximos casi dos años estuve desempleada. Pagaba los giros con la liquidación del trabajo anterior y cuando ya me había quedado sin dinero, empecé en un nuevo trabajo un noviembre, en diciembre pude recibir una bonificación especial que me permitió pagar los giros restantes, para ese entonces ya había logrado resolver el puesto de estacionamiento de tenerlo en uno privado alejado de casa a uno en el estacionamiento del edificio donde vivía.

En este proceso se aseguraron las carencias familiares que tenía, no contar con la ayuda idónea que a veces solo un padre puede ofrecer. Me las tuve que arreglar para aprender a conducir por mi cuenta, pagar los giros del carro, llegar a un acuerdo con la aseguradora, conseguir el estacionamiento, hacerle el mantenimiento, etc.

Lo que para algunos era una objeto más en la vida, para mí llegó a convertirse en una lucha, una lucha que estuve a punto de perder pero no perdí, darme cuenta de que lo que le había dicho al Señor “dámelo porque tú vas a ver que lo voy a cuidar y lo voy a poder pagar” había sido una necedad.

Los deseos de Dios para tí son mejores que tus propios deseos

Con otro vehículo en casa, no tengo que hacer nada, más que conducir, ahora vivo en otro país, lo importante no es conducir un vehículo, es saberte conducir con él.

Querer pasear por lugares lejanos no es lo mismo que desear tener un vehículo para lograr lo primero, aunque lo segundo sea el instrumento, lo primero es el fin.

El Señor ha hecho realidad este sueño, no con mis instrumentos sino con instrumentos distintos a lo que yo había ideado.

Una cosa es el deseo y otra el instrumento.

iHasta la próxima!

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