Infancia,  Mis historias

El rechazo

A los nueve años en un centro deportivo de mi parroquia comencé a practicar una variedad de danza llamada jazz, muy popular en los años 80. Un día mi profesora me sugiere estudiar ballet clásico en una escuela reconocida, para entrar ahí hay que presentar una prueba de admisión en la que no es necesario saber las técnicas del ballet, porque como era en mi caso no conocía siquiera las posiciones iniciales de las manos o pies, era una prueba de habilidad en la que se evaluaba la flexibilidad del cuerpo, el movimiento y la musicalidad  mediante pasos guiados.

Una vez presentada mi prueba, la respuesta fue NO ADMITIDA.

Al salir de ahí tuve un sentimiento muy extraño, nunca antes experimentado, en mis pensamientos escuchaba “he decepcionado a mi madre”. Este fue el primer rechazo de todos los que seguirían a lo largo de mi vida.

Mi profesora de jazz insistía en que yo debía estudiar ballet, me envió a otra escuela, en esta ocasión, menos reconocida.

A veces sucede que cuando no eres admitida en lo distinguido te tienes que conformar con menos, pero lo que ignoramos, es que, ese menos te puede dar más.

Simplemente no

Me aceptaron en la nueva escuela, no hubo necesidad de presentar prueba de admisión, bastaba con pagar la inscripción y la mensualidad.

Estudiar ballet impactó mi vida en aspectos tan profundos en los que aún me detengo a pensar.

Mi tiempo se dividía en dos, en las mañanas inicialmente la escuela y después el liceo y las tardes las clases de ballet.

Empecé a vivir el significado de  seriedad, responsabilidad y compromiso.

A causa de haber estudiado en esta academia, trabajé por dos años para una marca de ropa infantil. Además conocí a personas tan especiales que me invitaban a sus casas, fiestas de cumpleaños, compartir una comida y al observar sus estilos de vida descubría que había más de lo que yo veía en mi barrio y todo eso fue alimentando mis deseos de superación.

Entre clases, ensayos, presentaciones, pasaron los años.

En un primer momento observo que mi profesora preparaba a mis compañeras para que fueran solistas, cosa muy anhelada por cualquier bailarina, a diferencia de mí que solo asignaban al cuerpo de baile. Se acercaba el periodo para decidirme ir a la universidad o a la compañía de ballet profesional.

A punto de tomar esa decisión, llegó mi turno, el entrenamiento para ser solista. Me asignaron un bailarín y un periodo de meses de ensayo. Una vez finalizado ese periodo la respuesta fue NO ADMITIDA:

Mis músculos eran duros, no tenía las condiciones físicas para ser una bailarina profesional. No importaba cuantas horas ensayaba cada día, incluyendo los sábados, no importaba cuanto las zapatillas de yeso me hacían sangrar los pies, no importaba el largo viaje que hacía desde mi casa a la academia, no importaba cuanto yo me acercara porque el ballet se alejaba de mí.

La aceptación

El sentimiento extraño volvía apoderarse de mí, en mis pensamientos escuchaba “me he decepcionado a mí”.

No me despedí de quien para mí fue mi preciosa profesora de ballet, ni de las preciosas personas que conocí, abandoné…esa luz se había apagado para mí.

Decidí no continuar, ni aún en el cuerpo de baile.

Me hubiera gustado ser una bailarina, de haberlo sido, habría pensado “me hubiera gustado ir a la universidad”.

Rechazada sí, en el ballet, en la universidad más prestigiosa, en dos postgrados, en relaciones amorosas, en la visa de la embajada Americana y en otras cosas más que la memoria no me da.

Ese sentimiento extraño  como la primera vez que tomé su mano…espera, espera. Lo conozco bien, es fiero…se llama rechazo.

iHasta la próxima!