Infancia,  Juventud,  Mis historias

Mi primer encuentro con Dios

Mi primer encuentro con Dios sucedió en tres etapas, el periodo transcurrido entre la primera y tercera etapa fue de aproximadamente doce años.

Venía de una familia con creencias doctrinales del catolicismo, cada uno bautizado y recibido la primera comunión, uno que otro domingo ir a misa. Sin embargo, muchas personas entre las cuales nos contábamos como familia mezclaban estas creencias doctrinales con creencias inclinadas hacia el ocultismo, el horóscopo, nueva era, filosofías orientales, etc.

Primera etapa

En mi infancia me gustaban mucho las historias, pedía a mi abuela que me las contara, no me cansaba escucharla una y otra vez. Una vez que aprendí a leer, buscaba en la Biblia las historias de las cuales tenía más referencias, estas eran en Génesis, la creación, Adán y Eva, Caín y Abel, el arca de Noé, Jonás y la ballena, para mí eran fascinantes, me imaginaba todo aquello, nunca cuestioné si eso había sucedido en realidad o solo era una historia más, lo daba como verdadero, habían vagos “¿Por qué?”, pero me conformaba con lo impactante del relato ignorando su profundidad. Este fue el comienzo de algo que iba a germinar en mi corazón y que muchos años más tarde, llamaría amor.

Segunda etapa

Pocos años más tarde a mis 12 años, mi hermano mayor comenzó a juntarse con los Testigos de Jehová y luego pasó a juntarse con los Adventistas y me dijo que yo debía solo creer Dios y en nadie más, en palabras tan sencillas me había dicho algo de la que yo, no me iba a olvidar jamás. Para mí esas palabras eran incuestionables, escuché y callé, simplemente eso era verdad. Un cimiento estaba siendo colocado ahí, dónde el arca de Noé, Jonás y la ballena me habían cautivado.

Sabía que Dios existía, había recibido la primera comunión dos años antes, sabía rezar y hacerme la señal de la cruz, pedía la bendición a mis padres como parte del saludo diario que acostumbraban los niños de ese entonces. Pero esas palabras “cree en Dios y en nadie más” calaron tan profundamente en mí que eran como si hubieran salido de la boca de Dios.

En ese periodo, teníamos una vecina evangélica que en ocasiones tomaba un micrófono y públicamente evangelizaba, pero en mi familia esas palabras no permeaban. Pasaba el tiempo y yo rezaba, era mecánico, pero era lo que había aprendido.

Mientras tanto, en el ambiente en el que crecía, veía prácticas que para ese momento no comprendía y que años más tarde y en perspectiva he podido comprender, tales como el ocultismo y la presencia y veneración de imágenes religiosas en el interior de las casas.

Asimismo, veía comportamientos en los que la mezcla de creencias estaba tan ampliamente extendido que lejos de ser la excepción era precisamente la regla. Los intelectuales llaman a esto ignorancia, argumento que no refuto, la Biblia lo llama idolatría, argumento por el que me decanto.

Tercera etapa

Me había hecho una señorita, me seguían gustando las mismos relatos bíblicos que una vez me habían fascinado, no obstante avanzaba, cuando intentaba leer otros relatos en la Biblia los encontraba difíciles de digerir, el de Apocalipsis me llamaba la atención, pero era tan terrible para mí que no podía leerlo.

En mi ignorancia, en mi simpleza, en mi falta de sensatez yo había abierto puertas para que el mal viniera sobre mí. No podía dormir, el terror nocturno se apoderaba de mí, tenía tanto miedo cuando llegaba la hora de dormir que dormía con mi madre, aún así no descansaba porque al dormirme era hostigada por demonios, no podía estar sola en una estancia, porque sentía una opresión tan terrible que terminaba en gritos.

Nunca antes me había sucedido esto, pude comprender que era algo espiritual, no era natural lo que estaba pasando, no era mental o cognitivo, no era emocional, no tenía problemas de estrés, llevaba una vida tranquila, tranquilamente de pecado y esa tranquilidad me había sido quitada.

Esa voz que años antes me dijo “cree solo en Dios y nadie más”, ahora en mi desesperación me decía “busca a Dios”.

Crecía en edad en la misma proporción en la que me enredaba en los negocios de la vida, en pecado e inmundicia, en terribles tinieblas me tuve que detener y gritar desesperadamente “Dios mío ayúdame”, porque no puedo con esto.

La búsqueda

Busqué a Dios en las emisoras de radio, particularmente en los programas nocturnos de evangelización,  pero ahí no lo encontré. Lo busqué en dos iglesias, una muy diferente de otra, pero ahí tampoco lo encontré.

En aquel tiempo, vivía en el penúltimo piso de un bloque en una  popular parroquia de Caracas, regresando a casa antes de subir en el ascensor alcancé a ver un anuncio pegado en la pared que invitaba a estudiar la Biblia junto a un número telefónico.

Después de tanta oscuridad avistaba un rayito de luz. No tardé en llamar y en breve tiempo me presenté al próximo estudio de la Biblia.

El encuentro

Era mi primera vez en un estudio de la Biblia, ni siquiera sabía que existían esos estudios, lo organizaba una familia cristiana que vivía en el mismo edificio que yo, pero nunca antes nos habíamos conocido, cuando me pidieron que me presentara, no pude hablar, la terrible opresión vino sobre mí y de nuevo comencé a gritar. Existen diferentes tipos de gritos, así como de llantos o risa, pero estos gritos eran de opresión, sin duda.

Inmediatamente ellos supieron lo que me estaba pasando e inmediatamente se abalanzaron sobre mí y con oración de liberación fui librada de la opresión demoníaca, la cual nunca más volvió. Ese día me encontré con el poder de Dios, le entregué mi vida al Señor Jesucristo.

Dios me habla por relatos, me cautiva pero no profundizo, me habla de nuevo y me dice “cree solo en mí”, creo pero no respondo y una tercera vez me dice “búscame” y en mi desesperación lo busqué y lo encontré. Este es el primer encuentro de todos los profundos encuentros que he tenido con Él.

iHasta la próxima!