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Una historia sobre mi hermano

La historia de una enfermedad mental y tenerlo todo en contra.

Todo comienza cuando mi madre, una joven humilde de pueblo se casa, de este matrimonio nacen cuatro hijos, el primer hijo era un varón y después le siguieron tres hembras, una vez que el mayor comienza la escuela, observan que tenía serios problemas de aprendizaje, tal era la situación que nunca pudo superar el primer grado.

Fueron pasando los años, en medio de un entorno de pobreza se suma la de un matrimonio roto, mi madre no solo decide dejar a su esposo sino dejar su pueblo e irse a la ciudad a trabajar, su hijo mayor queda al cuidado del abuelo paterno y las tres hijas al cuidado de la abuela materna. Así crecieron estos niños, sin el cuidado de unos padres que velaran por ellos día y noche, la distancia resulta en un cuidado remoto y atención a medias.

Mi hermano se hizo un joven adulto y en paralelo también su enfermedad se desarrolló,  estaba incapacitado para estudiar e incapacitado para trabajar, impedido para llevar una vida normal, no era una elección, tal vez había sido resuelto así antes de nacer.

Sin embargo, la situación de mi hermano empeoró cuando murió su padre y también su abuelo, además él no recibía atención médica, así que a menudo desaparecía de casa y lo encontraban en la calle en circunstancias impropias. Mi madre por periodos se ausentaba de la ciudad para ir a su pueblo a ver a sus hijos, pero vista las circunstancias de mi hermano, en una oportunidad decidió  llevarlo a la ciudad con ella y recluirlo en un psiquiátrico.

Me duele tanto escribir esta historia, es un dolor que me ha acompañado desde siempre, pero a diferencia de otros dolores, este ha sido un dolor aleccionador que deseo firmemente preservar conmigo y reafirmando lo anterior nunca olvidar.

Mantenerlo en el psiquiátrico por mucho tiempo se hizo insostenible, así que mi madre volvió con él al pueblo, con la finalidad de mantener la salubridad de la casa, le construyeron una habitación en el patio trasero y con un inodoro justo al lado de la cama, no tenían otra alternativa.

Mi madre había hecho una nueva vida en la ciudad, tres hijos nuevos, entre los cuales me cuento, sumado a los primeros cuatro, para un balance de dos maridos y siete hijos. Ahora, se invertía de nuevo su vida, se ausentó de su hogar en la ciudad para irse al pueblo a cuidar a mi hermano.

Algunas veces, mi madre no tenía para darle de comer a mi hermano, primero porque ya no trabajaba, después porque nuestra condición en la ciudad era tan limitada económicamente que tuve que trabajar desde muy joven para llevar dinero a mi casa. Al visitarlos en el pueblo la situación era más que evidente, urgía que se le diera una mano.

Una vez mi hermano llegó a estar tan mal, que tuvo que ser hospitalizado, porque le salieron llagas en su cuerpo y germinaron gusanos, es imposible escribir esto y no irme en lágrimas.

No podía dejar sola a mi madre y tampoco a mi hermano, así que me fui directo al hospital, pasamos la noche juntas al lado de su cama. Me pregunto si eso era lo más digno que podía recibir en este mundo, sedado en una cama de hospital.

La enfermedad mental de mi hermano no lo nublaba espiritualmente, una vez le pregunté si él sabía quién era el Señor Jesucristo y sin pensarlo me respondió con su mano y señaló el cielo, él estaba claro quién era.

A los 37 años murió mi hermano de una fuerte infección, de nuevo corrí a verlo y frente a su ataúd, admirando su impecable y armonioso rostro y con un corazón conmovido en mis pensamientos le dije, si tengo un hijo le pondré tu nombre, así me despedí de él.

Por años lo he pensado tanto, por años he amado a mi hermano, aunque ya no esté aquí, pero sé que está bien y una nueva historia se escribe para él. Y me consuelan las palabras: “Bienaventurados los que lloran….bienaventurados los pobres de espíritu, bienaventurados los mansos, bienaventurados los limpios de corazón…bienaventurados…” porque ellos tendrán recompensas.

Un trastorno mental para una persona pobre de Latinoamérica puede ser tan terrible, pero aunque no haya un final feliz en la tierra hay un final feliz en el cielo.

Bienaventurados los pobres que saben esto.

¡Hasta la próxima!