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La envidia

La envidia es sin duda un mal que afecta directamente a la persona que la padece, no se planea tener envidia, como se planea un deseo anclado en el corazón, de repente se tiene aunque no se quiera. Aquí te cuento cómo he tenido envidia en diferentes momentos de mi vida y cómo combato contra ella.

No me agrada hablar de estas cosas, son las cosas feas con las que lidio en mi vida, pero reflexionar sobre este enemigo, aclara mi mente, me hace comprender cómo opera en mí y consciente de ello velo para que no pueda vencerme.

He tratado de separar los diferentes sentimientos que se despiertan en mí ante la prosperidad y el éxito de aquellos que he tenido cerca, algunas veces se ha despertado la admiración y busco una forma personal de imitar, pero no pasa mucho tiempo cuando la fuerza de lo singular y único me atrae más y desecho la imitación. Otras veces se ha despertado el respeto y tengo claro que lo que ha logrado esa persona es digno de consideración y estima, pero el camino que yo transito es otro. Sin embargo, cuando se presenta la sensación de estar engullendo un cactus con espinas que me hiela el esófago y nubla mi mente, no me cabe dudas que se ha despertado la envidia.

Era una adolescente, cuando sentí envidia por una chica que estudiaba en el mismo liceo que yo y competíamos por obtener el título de madrina del liceo. Tenía una hermosa y larga cabellera rubia, mi mente nublada de envidia deseaba que le cortaran el cabello, ya que sin esa cabellera no ganaría el título, el día del concurso se presentó con su hermoso cabello largo y se llevó el título como la más bella, años más tarde me la encontraría con una cabellera corta rubia y constatar que aún su cabello corto la hacía lucir hermosa, así que con o sin un largo cabello ella ganaría el concurso y mi envidia no detendría ese mérito.

Tragar un cactus con espina no es la única señal de cómo la envidia se manifiesta en mí, a veces se ha presentado de forma sutil, la describo como un sentimiento en el que me sobrecoge una tristeza y me distancio de la persona que lo provoca, porque la envidia prospera de forma aislada y en ese aislamiento se alimenta.

Hace poco mi marido me estaba poniendo al día sobre el crecimiento profesional que ha tenido uno de sus amigos, el cual es ingeniero como yo, en ese momento me encontraba en la cocina preparando la cena, en esta ocasión la envidia se despertó impetuosamente, por un lado, volví a engullir el cactus de espinas y por otro lado, mi mente comenzó a nublarse pesadamente y me insistía evitar a su mujer, con la cual mantengo una amistad. Pero una tenue voz oprimida me dijo, “es envidia, pelea y no te dejes vencer, Dios ha diseñado un camino para tí”.

Experiencias como estas me han acontecido a lo largo de mi vida, la diferencia de esta maldad respecto a otras es que no la he buscado, pero tengo claro que debo luchar.

Cuando veo los logros y cómo se encumbran los demás, reflexiono sobre mi propia vida, de dónde vengo, las bendiciones que he experimentado a lo largo del camino transitando y los planes de Dios para mi. En esta reflexión no cabe la comparación, porque siempre me va a poner en desventaja. La diversidad y unicidad vivamente presente en las personas es directamente proporcional a sus historias de vida, que narran éxitos y fracasos, victorias y derrotas, abundancias y carencias, alegrías y tristezas, y en esas llanuras y cúspides de infinitos tamaños y tonos hay un propósito, que cada uno viva la historia que por Dios ya ha sido ideada, en cuyo maravilloso diseño la envidia no ha sido invitada.

¡Hasta la próxima!