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Cómo fui librada de un accidente

Esta es la historia de un accidente en la autopista y cómo quedé fuera de él.

Salía de casa hacia el trabajo con mucha antelación, principalmente para evitar el fuerte tráfico que se hacía entre las siete y ocho de la mañana, una hora crucial en las grandes urbes del mundo. Para ese entonces, ir al trabajo me podía tomar una hora y el regreso oscilaba entre media hora y dos horas, para ello no había más que tener mucha paciencia, el tráfico era parte de mi día a día.

Parecía un día como cualquier otro, tomo mi auto como de costumbre y salgo hacia mi trabajo, algunas veces mientras conducía escuchaba música cristiana y mientras la oía reflexionaba sobre mi vida, pero particularmente ese día, conducía en una silenciosa atmósfera, en abstracción mental absoluta comencé hablar con el Espíritu Santo, un discurrir profundo, que alimenta tanto, que tal vez sea insondable.

A pesar del tráfico, había tramos en la autopista que fluían  y se tenía que acelerar, así que estaba entre los 70 y 90 km/h, absorbida en mis pensamientos de repente avisto por el retrovisor a un motorizado que conducía a alta velocidad entre dos canales y parecía no tener control de la moto. Fijo mi mirada en lo que tengo por delante y pocos segundos después observo que la moto se sale del canal e impacta contra un auto, vuela por el aire y cae delante de mi carro.

Tres impresionantes hechos se dispararon y se acomodaron simultáneamente, para que yo no pudiera arrollarlo, el primero de ellos fue el motorizado repelido por el impacto cayendo delante de mí a una distancia medible en milímetros, que yo tuviera que frenar de ipso facto en un tiempo que podía medirse en microsegundos, porque no tuve tiempo de frenar y que el vehículo que venía tras de mí haya tenido que frenar a tiempo para que no me impactara.

Todo el tráfico se detuvo, la moto quedó tirada en un canal, el motorizado quedó tirado inmóvil delante de mí, ante semejante escena un frío helado comenzó a bajarme por todo el cuerpo y comencé a temblar sin parar, comenzaron agolparse innumerables motorizados entorno al accidente y el pensamiento que vino a mi mente fue Dios me van a culpar a mí. ¿Si se juzgaba por lo que se veía? ¿Si me culpaban aún sin haberlo tocado? La secuencia de hechos que eso desencadenaría estarían todos en mi contra, porque el motorizado había caído a milímetros delante de mí.

Ocurrió lo inesperado, nuevamente dos hechos impresionantes se apersonaron y se acomodaron simultáneamente para que yo no quedase atrapada en las consecuencias de ese accidente, los motorizados agolpados alrededor de la víctima, no me vieron o me ignoraron y entre todo lo que estaba delante de mí había un espacio por el que pude salir y continuar mi camino hasta llegar a mi trabajo.

Había llegado a la oficina, pero no dejaba de temblar, en shock porque había visto la luz y la oscuridad al mismo tiempo, por una parte la cara desnuda del peligro y por otra la luz resplandeciente que me salvó para que no pudiese ser tocada, comencé a pensar lo que habría sucedido si segundos más o milímetros menos le hubiese pasado por encima, si el vehículo de atrás me hubiese impactado o vista la escena, estos motorizados me hubiesen inculpado y habría tenido que responsabilizarme por algo injustamente.

Dios acomodó matemáticamente una cadena de eventos simultáneos para librarme y esto hace temblar.

¡Hasta la próxima!