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La familia como una extenuante carga económica

La historia de hoy habla sobre cómo dejé de ver a mi familia como una carga económica a verla como un compromiso de amor soportado en un instrumento, el dinero.

Venir de una familia pobre de Latinoamérica es realmente duro, tan duro como seguramente será si esa familia es del sudeste asiático, aunque desde hace tiempo estoy convencida que la pobreza tiene diferentes escalas, hay pobres que me parecen ricos, como aquellos que vi en una localidad llamada Sapa, en un viaje que hice a Vietnam, que sin tener las comodidades y servicios que se tienen en una ciudad tienen la tierra y eso es su riqueza, de ahí que, los pobres de la ciudad no son los pobres del campo.

Mi familia pertenece a los pobres de la ciudad, mi papá trabajaba como camarero en en restaurantes, debido a una parte la inconstancia y por otra la inestabilidad laboral pasaba de un restaurante a otro, sin contar el periodo que pasaba desempleado en ese vaivén. En este tipo de trabajo el salario procede en gran parte de las propinas, así que era muy variable e insuficiente para llegar a fin de mes, así que el temor de no tener para mañana siempre estuvo latente en mi familia.

Entendí desde muy joven que tenía que estudiar para salir de ese ciclo, también tenía claro que no podía dedicarme solo a estudiar, porque la situación económica en mi casa no solo no mejoraba sino conforme pasaba el tiempo empeoraba. Por lo tanto, ir a la universidad requería atención y esfuerzo, pero ese esfuerzo no estaría solo, iba a ser potenciado con el esfuerzo de tener un trabajo.

Ayudar a mi familia

Comencé a trabajar desde muy joven, varias cosas se convirtieron en una obligación para mí, comprar comida, la nevera, los televisores, pagar el condominio, reparar las tuberías, cambiar el sofá, el juego de comedor, prestar dinero a mis hermanas, comprar el regalo del día de la madre, del padre, de navidad, de cumpleaños, gastos funerarios, viajes, etc.

Comencé a notar que mis hermanas mayores iban con frecuencia a casa a visitar a mamá, con ellas mis sobrinos, a veces estaban acompañadas de terceras personas que formaban un pelotón de gente que se organizaban para comer en casa. En esa comida solo podían aportar un litro de jugo y una barra de pan. Esta escena la viví por años, pasaban los años y yo no tenía ahorros, observaba que mis hermanos no se esforzaban como yo, y además se apoyaban en mí. Eso comenzó a llenar mi corazón de resentimientos, a preguntarme ¿por qué?

Años después entendí que no era mucho lo que mis hermanos podían hacer, no aportaban más porque ellos eran parte de esa pobreza a la que yo de alguna manera les estaba dando mi mano.

Con todo esto, afirmaba “no voy a poder superarme, mi familia es una extenuante carga económica para mí”.

Cosechar después de haber sembrado con lágrimas

La pobreza es un azote que no desaparece, han pasado 30 años desde que desperté a este estado de conciencia, años atrás había afirmado que yo no iba a poder superarme porque mi familia era una carga económica difícil de llevar, pero he considerado que lo que yo estaba haciendo era sembrar y puedo aseverar lo equivocada que estaba en mi manera de pensar. Contra todo pronóstico pude estudiar, mientras estudiaba también trabajaba, para pagar mis estudios y ayudar en mi casa, pude graduarme, obtener un trabajo calificado y seguir ayudando a mi familia, hice cursos de mejoramiento profesional y pude pagarme un postgrado, aún así continué ayudando a mi familia, salí de mi casa y me fui a vivir a otro país y desde aquí sigo ayudando a mi familia, y todo esto sin ahorrar.

He aprendido que se trata de dar de lo que Dios me ha dado, Él me ha dado para mí y me ha dado semillas para sembrar y ha sido suficiente, de ahí he cosechado un camino que me ha traído hasta aquí.

Hoy pienso de otra manera, ya no los veo como una carga, sino como un compromiso de amor que soporto con dinero al cual llamo siembra y con ello cosecharé un interesante camino de superación y casi no puedo esperar para saber hasta dónde me llevará, cuyo diseño le estaré eternamente agradecida a Dios.

¡Hasta la próxima!

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