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Llevar la carga

La historia de hoy se fundamenta en el trabajo doméstico. Una carga pesada para uno y atenuada para dos, que tiene poder para unir y desunir, amar o detestar.

Hace unos días me encontré con la historia de una mujer americana, casada, tres hijos en edad escolar, un perro y un trabajo a tiempo completo fuera de casa. Esta mujer expone abiertamente su desagrado ante lo que ella considera “esclavitud doméstica”, y esto porque hace las tareas domésticas con la poca o nula colaboración de su marido, el cual se compromete por un breve periodo hacerlas hasta que las abandona, lo que la ha dejado con frustración, resentimientos, ideas y dudas sobre si ella debe continuar adelante con el matrimonio.

A medida que iba leyendo su historia, me encontraba con un alambre de púas que raspaban la superficie de mi corazón estimuladas por el recuerdo de mi propia historia y a la vez con el aliciente de que estas púas no solo me raen a mí sino a muchas mujeres más, que llevan sola esta pesada carga. Pasé horas sintiendo el ardor de los surcos en piel viva que dejaron estas púas, reflexionando, pensando y buscando una respuesta.

Mi historia es más blanda que la de esta mujer, sin comparación, tengo solo una hija, no tengo perro (pero lo llegamos a tener), administro mis horarios de trabajo y en este último periodo lo hago desde casa. En cuanto a mi marido tiene un trabajo particular, cuyo trabajo administra como quiere porque tiene su propio estudio.

Estoy segura que mi carga pesa menos, sin duda alguna, pero lo que sí es lo mismo es que ambas llevamos sola la carga, y este es el centro de la historia. Un hogar es una empresa, en la que se administran y gestionan recursos de todo tipo, que precisa procesos repetitivos y simultáneos y de los que subyace tareas rutinarias que exigen esfuerzo mental y muchísimo esfuerzo físico, día tras día, mañana, tarde y noche, un trabajo extremadamente servil que al multiplicarlo por siete días a la semana, 52 semanas al año, año tras año, no es poco, esta mujer lo ha llamado “esclavitud doméstica”, yo lo he llamado “llevar la carga”.

Cuando me casé nunca pensé que el trabajo doméstico podría ser una carga y menos que la llevaría sola, que el trabajo en equipo sería inexistente y que algunas ayudas esporádicas podrían llegar a ser insignificantes ante la magnitud de semejante responsabilidad, el trabajo servil no se detendría aunque tuvieras fiebre, te hubieras roto una pierna y no pudieras caminar, el comer o no comer dependería de ti y que la casa permaneciera de pie o se viniera abajo también estaría en tus manos, sumando la presión de trabajar para hacer frente por una parte a ese deseo de autorrealización y por otra colaborar con los ingresos económicos del hogar. Que llegaría un punto en que la fatiga y el cansancio de la servidumbre y el desgaste físico te dejaría doliendo el cuerpo y varias veces el corazón.

Cuando me casé recibí esta carga. No importa cuantas veces hable con mi marido para dividirnos la carga y alivianar el peso, el acuerdo se rompe rápido y mi corazón pierde la calma. Pienso en los roles y en las habilidades que tienen por separado el marido y la mujer, se complementan en las debilidades y fortalezas el uno con el otro, que el rol proveedor del marido en muchos hogares está presente y aunque a veces no sea suficiente y empuje a la mujer a trabajar, empujará al hombre a trabajar en casa porque las fuerzas de su mujer tampoco serán suficientes para hacerlo sola en casa, aquí está el poder maravilloso del trabajo en equipo que resulta en alivianar el peso, complementos que se unen con un fin en proporción y balance, todo ese equilibrio avivará el amor.

Si pudiera hablar con esta mujer, le diría, no abandones el matrimonio, conserva la paz, continúa, sigue esforzándote en llevar la carga, no insistas en dividirla, no pierdas la calma de tu corazón porque es muy valiosa, haz todo lo que puedas hasta que las fuerzas te den, el trabajo de una mujer en casa es comprometido y sacrificado, al final soportando todo esto habrás amado, y pudiese estar alineado con esa palabra que dice “el amor todo lo sufre…todo lo soporta” (1 Corintios 13:4-7) y tu trabajo no quedará sin recompensas.

Cuando nos casamos recibimos una carga, algunas las llevan compartidas y les va bien ¡qué bueno, porque servirán de ejemplo! y a otras no, ¡qué desafío, pero el trabajo no será en vano!, no retrocedas, no te separes, llevemos la carga sin enfado, con aceptación y buena actitud… Sigamos adelante.

Hay dos momentos a lo que nos sumamos a una carga, cuando somos niños y cuando somos ancianos, tal vez el matrimonio sea esa oportunidad para reivindicarlo, cambiando de posición, ya no como parte de la carga sino llevándola.

¡Hasta la próxima!