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Un hambre que no se sacia con lo común

Llegar a la historia de hoy, me hace hurgar en lo profundo de un contenedor porque me gustaría comunicar qué es eso que se siente, que por mucho que pruebe de todo e incluso me vaya tan lejos a vivir a otro país no se puede llenar, por lo tanto, he comprendido que “eso” no es cualquier hambre y tampoco se alimenta de algo común y ordinario, es un hambre exigente que requiere un alimento único y superior.

En las historias anteriores he contado que procedo de una familia pobre, que viví mi niñez hasta bien entrada la adolescencia en la parte alta de un cerro, en una casa con techo de zinc agujereado, que luego pasé a vivir a un apartamento de 52 metros cuadrados en el vigésimo piso de un bloque en una popular y pobre parroquia de Caracas, donde los ascensores incontables veces nos dejaban a pie, pobre en bienes materiales, en bienestar y calidad de vida, en educación y rica en ignorancia.

En una tierra como esta hemos sido plantados millones de personas en Latinoamérica, bajo el azote de la pobreza.

Y esta es mi historia, vivir y crecer en este terreno, en unas condiciones atmosféricas donde el agua, la luz, el abono y la atención necesaria que requiere una planta escasearon lo suficiente para que no creciera y eso condicionó mi vida por años. Si bien, esas condiciones me dificultaron crecer, cabe también decir que no me mataron, vivir así era absolutamente un desafío.

En medio de eso, comencé hacerme consciente de mi incomodidad, no me sentía bien, había un vacío que no se llenaba con el calor de una familia en una casa, con comida, estudiando en la universidad, con juventud y gozando de buena salud, saliendo con amigas, viendo t.v., cambiando un trabajo por otro,  incomodidad que relacionaba indudablemente con las condiciones de vida.

Algunos pensamientos comenzaron a enraizarse en mí, cuando sea una profesional universitaria, cuando tenga un buen trabajo, cuando gane más dinero, cuando tenga un carro, cuando tenga mi propia casa, cuando me case, cuando tenga mi propia familia, cuando viaje al extranjero, etc… Es posible que esta incomodidad desaparezca, tal vez me sienta mejor.

A pesar de las condiciones que me circundaban mis pensamientos comenzaron a cumplirse, en diferentes etapas de mi vida, los deseos, uno tras otro, lentamente comenzaron a hacerse realidad. Ahora bien, aparentemente estaba creciendo, que mayor satisfacción que crecer en condiciones adversas, la incomodidad debería ser menos incómoda, pero  comencé a notar que  una no se acomodaba a la otra, que cumplir mis deseos no atenuaba esa incomodidad que me invadía, hasta que pensé que lo que necesitaba era irme del país a uno que me ofreciera verdaderas oportunidades de crecimiento, que esa era la respuesta.

Irme de mi país empeoró las cosas, representó y sigue representando cambios, porque las condiciones cambiaron pero ni por un minuto han dejado de ser desafiantes, y la incomodidad se potenció, a tal punto de ir a clamar una y otra vez a Dios, mi alma se desbordaba en súplicas y fue cuando definitivamente pude notar que mientras me mantenía clamando, mi incomodidad bajaba, más se mantenía ese clamor en el tiempo, más bajaba la segunda, ahí estaba la relación, una incomodidad inexplicable que no se impresionaba con nada, se impresionaba con Dios.

Fue  entonces cuando entendí que toda esa incomodidad e insatisfacción en mi vida por años y años no era más que un vacío tan profundo, un hambre tan colosal, que no se llenaba con familia, comida, una carrera universitaria, trabajo, matrimonio, viajes y/o  cambiar de país, se  llenó con un alimento único y asombrosamente poderoso, con Dios y ha sido suficiente.

¡Hasta la próxima!