Adultez,  Mis historias

Mi tiempo a solas

Esta es una historia del hoy, que comenzó cuando me casé, cambié de país, en consecuencia cambiaron mis costumbres, en general cuando cambió mi estilo de vida.

Nunca antes me había sumergido en la soledad como en el presente, creo que vivir en la cultura latinoamericana es muy difícil estar solo, lo opuesto es lo que sobreabunda.

Al reflexionar sobre esto, varias ideas pasan por mi mente, muchos elementos que atañen nuestras vidas están en exceso, nuestras casas son pequeñas  para la cantidad de gente que la habita, no solo no hay soledad sino tampoco hay privacidad, nuestros trabajos están llenos de personas y el aire que nos rodea lo invaden incesantes emisiones de palabras.

La gente está llena de acontecimientos que son difíciles de callar, el silencio es un lujo que no se puede pagar, y cuando nuestras bocas brevemente callan, siguen hablando nuestros hechos, nuestros sentidos no paran de trabajar.

Nuestras vidas están llenas de eventos, dramas, sucesos, no hay reposo para aislarnos y sumergirse en la soledad.

Ante tanta sal, un acontecimiento nos puede llevar a la soledad, para mesurar en su justa medida todo lo que nos proporciona esa cantidad de sal.

El inicio de esa soledad comienza cuando una mañana me levanto en un calmo silencio, en una casa más grande, espaciosa y menos habitada, nadie me espera en ningún lugar, nadie me conoce, no hay familiares, no hay amigos ni colegas con los cuales hablar, en lugar de ruido ahora hay silencio.

La soledad y el silencio no me apetecían, no sabía qué hacer con ellos, me incomodaban y me aburrían. Los días comenzaron a pasar y se convirtieron en meses y años, en el interín conocí algunas personas distantes de mis valores y creencias, así que no estuve ahí por mucho tiempo, comencé un nuevo trabajo en el que dos cosas se aseguraban, una era comenzar de cero y la segunda es que crecería poco a poco sin estabilidad y certeza de lo seguro, por lo tanto, había semanas en las que trabajaba 3 horas y en otras, 9 horas,  afirmándose años futuros de silencio y soledad, simplemente llegaron para quedarse.

En esa incomodidad en la que no me hallé por algún tiempo, comencé a buscar más de Dios, ocuparme en ser una madre tiempo completo, ser una administradora del hogar, aprender a vivir una nueva vida.

Mi tiempo a solas es abundante, un esquema que se repite día a día desde hace algunos años, me levanto y comienzan los quehaceres del hogar, dos veces a la semana salgo a comprar algunos víveres, alimento a las aves que llegan a mi balcón, cuido de mis plantas, escribo y he comenzado a dar mis primeros pasos en la pintura, entre el sol saliente y el poniente todo se vuelve a repetir.

En ese largo tiempo a solas,no hay lugar para la tristeza, pero si para la paz, libertad para elegir qué hacer, que escuchar y que aprender, ha sido oportuno y eficaz. No ha sido en balde y ha valido la pena.

Todo esto para aseverar que la soledad no es estar sola, Dios está presente, que  a pesar de un ruidoso pasado nunca estuve sola, solo que ahora en el silencio lo puedo notar.

¡Hasta la próxima!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *