Juventud,  Mis historias

Más allá de mis expectativas

Esta historia cuenta la belleza que hay en la naturaleza y la naturaleza perversa que hay en los humanos.

Trabajar como ingeniero en la Dirección de Proyectos Turísticos  de un organismo del Estado me llevó a conocer muchos lugares privilegiados en Venezuela, los que seguramente nunca habría podido conocer si no me hubiera encontrado en esa posición. Recorrí casi toda Venezuela, me hospedaba desde posadas hasta hoteles cinco estrellas, pasajes aéreos y comidas en los mejores restaurantes, chófer a mi disposición e incluso en una oportunidad escoltas.

En diversas ocasiones me encontraba con altos dirigentes, viceministros, gobernadores, alcaldes, periodistas, se sentía ser alguien importante, pero en realidad era consciente de no ser nadie.

Llegué a dar muchos cursos y participar en conferencias sobre proyectos y la historia de hoy es precisamente lo que sucedió cuando fui a levantar toda la información técnica necesaria para desarrollar un proyecto en el Parque Nacional Canaima, un lugar emblemático del turismo en Venezuela.

Lamentablemente hay lugares en Venezuela, que son solo para los ricos, y que los pobres en su propio país jamás van a ver, a menos que una pobre como yo trabaje con la autoridad y así ha sido este caso.

Me compraron billete aéreo de ida y vuelta a Ciudad Bolívar (Estado Bolívar) y un billete de solo ida con destino a Canaima, el regreso me las tenía que ingeniar yo, debía estar ahí durante una semana, me acompañaban dos técnicos, el menosprecio que sentían uno por el otro era tan evidente que se hizo imposible trabajar en equipo. Hacer este trabajo fue tan difícil, que una noche me convencí de que yo no iba a poder hacer este trabajo, absolutamente todo estaba en contra, era uno de los peores equipos con los que había trabajado en mi vida, la discordia era tal, que mantener una conversación era simplemente imposible.

Pero cuando crees que estás sola, el trabajo no fluye y todo va mal, hay alguien que está ahí como un enviado de Dios; era un humilde ingeniero, su aspecto era tan humilde que tener un título como ingeniero no le abría puertas fácilmente, sin embargo, había sido comisionado en lo que concierne al parque nacional, dada mi impresión, esta humildad no parecía venir de su condición social sino de la vestidura que dona Dios a algunos de sus hijos, porque para mi gran sorpresa este hombre era un temeroso hijo de Dios y cristiano, él fue mi apoyo para desarrollar el plano, el equipamiento inherente y todos los contactos, reuniones y acuerdos previos con la etnia local, denominada Pemón.

Uno de esos días de trabajo, bajo un inclemente sol, en el que se establece una hora de comienzo pero no de fin, al anochecer esperábamos como recompensa una espléndida comida, cuya cena sería de provecho para continuar trabajando.

De regreso al hotel, en el área del restaurante, ante mis ojos sucede lo inesperado, el humilde ingeniero no tenía acceso al restaurante, porque nadie había pagado su consumo, mientras que el consumo de mis dos técnicos y yo ya había sido previamente acordado. La justicia quien reposaba tranquila en mi corazón, sin hacerse esperar, airada se levantó, ella tomó lugar en mi boca y expresó, la cena del ingeniero la pago yo.

Mi apreciado ingeniero, ese que me había ayudado hacer el trabajo que tanto me obstaculizaron mis propios compañeros de equipo, estaba siendo humillado, sé lo que se siente ser rechazado, lo que se siente que no haya lugar para tí en determinados lugares de la sociedad, algo como esto era inaceptable para mí, yo no podía recibir mi recompensa si él tampoco la recibía. Minutos después llegó el gerente del hotel para decirme que no había problema, que podía quedarse a comer y que el pago estaba arreglado.

Asimismo, el ingeniero y algunos miembros de los pemones me ayudaron a conseguir un vuelo de regreso a ciudad Bolívar, era un avión de carga, que solía llegar cada viernes a llevar víveres y enseres a la comunidad, el vuelo no me costó nada, solo unas infinitas gracias, mientras volaba  y observaba desde lo alto esos relieves abruptos únicos en el mundo, tepuyes, mesetas con cimas planas, saltos y cataratas de diferentes alturas, incluyendo el Salto El Ángel, tanto verde y tanta agua, mirar todo eso, declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco, pensaba cuánta belleza hay de Dios en la naturaleza y cuánta belleza hay de Dios en un humilde hombre ingeniero versus cuanta maldad en otros hombres.

Una vez en el aeropuerto de Ciudad Bolívar, rumbo a Caracas, mi último pensamiento fue, fue difícil, pero no prevaleció la maldad, una vez más Señor tu bien y misericordia estuvieron conmigo.

No podré jamás dejar de decir…¡gracias Dios!

¡Hasta la próxima!

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